09 agosto 2012

El Islam es peligroso

Hasta las mejores intenciones parten de la misma falacia razonadora: o bien -no obstante reconocer su escaso crédito democrático y su aún menor representatividad- se disuelve a los pueblos árabes en los regímenes que padecen (y hasta el periódico árabe «Al-Ahram» titulaba la noticia de la felicitación telegráfica dé Mubarak al golpista Budiaf con un «Egipto se solidariza con Argelia») o normalmente se les identifica, fuera de cualquier parámetro político, con algún rasgo «cultural» artificialmente aislado al que se acuerda una virtualidad tan globalizadora como inmutable. Este es el caso del islamismo (o fundamentalismo), al que los acontecimientos de Argelia han dado un aspecto aún más amenazador. 

El miedo o la fascinación erizan todos los análisis. Unos, rehuyendo el debate político (que los propios islamistas reclaman), retroceden ante la reproducción por metástasis de una cultura sustancialmente cancerosa e íntimamente refractaria a las universales ideas ilustradas. Otros, en el extremo opuesto del arco, desde la denuncia del colonialismo o desde un marxismo formulario, persiguen y -sin apercibirse de ello- ceden a las razones de un fenómeno que la lupa de su investigación ha agigantado. 

Así, por ejemplo, el francés Gilles Keppel en su último libro: después de relativizar todos los discursos, los hace a todos igualmente verdaderos; encuentra en el fundamentalismo una lógica, un sentido, y da menos cuenta de sus condiciones de aparición que de la personal fascinación que le inspira su éxito: la utopía religiosa toma el relevo de las utopías obreras, pero una y otra vienen a expresar y a denunciar lo mismo (que en el caso de Keppel, desde luego, no será «la lucha de clases»). Recordar que el islamismo tiene sus razones y que, como todo discurso, tiene su sentido, ilumina muy pálidamente la cuestión. Cualquiera que conozca superficialmente esta zona del mundo, da por descontadas las razones: subempleo, pobreza, marginación urbana, desarraigo, desclasamiento intelectual y todos los otros rótulos de los que se sirve la sociología para nombrar la agonía de las naciones en el seno del capitalismo mundial. Si hay, además, un misterio ideológico que desvelar, no será desde luego el de su filiación islámica: las palabras tienen su historia y su genealogía y los árabes, como los europeos, son trabajados por ellas. 

El misterio, pues, será el de su poder; el hecho -quiero decir- de que su poder, a pesar de las circunstancias, es muy reducido. He aquí el verdadero misterio ideológico: el de que, contra todas estas razones, la abrumadora mayoría de los árabes no son integristas. Para el integrismo no faltan razones. Lo que es sin duda extraño es que las razones no se impongan por todas partes, produzcan sólo aisladamente los efectos que se espera de ellas. 

La pregunta no es «¿por qué hay islamismo -por ejemplo- en Egipto?»; la pregunta es, por el contrario: «¿,Por qué no hay islamismo en Egipto?». «¿,Por qué en un país profundamente islámico, cuna además de los Hermanos Musulmanes (la influencia islamista egipcia sobre el FIS argelino es notoria) y sujeto a condiciones económicas monstruosamente adversas, el ascendiente de los islamistas sobre la población es tan insignificante?». Si las razones que exigen la aparición del islamismo no lo producen, debe ser por fuerza porque hay otra lógica, otro sentido, otras razones más poderosas que atraviesan, en sentido contrario, las profundidades de la sociedad egipcia. 

Sería una ingenuidad buscarlas en la represión institucional o en la difusión de ideas ilustradas y liberales: el carácter comparativamente «tolerante» del régimen egipcio y los índices de analfabetismo bastan, creo, para rechazar ambas hipótesis. Lo diré en dos palabras: por cada diez egipcios que levanta el islamismo, a mil los deja plácidamente sentados, junto a su té y su tabaco, el Islam. La línea que divide el mundo no tiene nada que ver con las supuestas fronteras de la Historia y, si se quiere dar cuenta de los misterios del discurso, no basta tampoco trazarla con la tinta fría de la estadística económica. 

En el mundo, hoy en día, hay países que viven gracias a su riqueza y otros que sobreviven gracias a su cultura. No estoy hablando, por supuesto, de las supuestas virtudes adormideras de la religión, en cuyo Leteo venenoso olvidarían las almas simples los rigores de su sometimiento. Si la pobreza conserva su cultura (allí donde la dejan) es más bien porque (seguimos aquí a Polanyi y Godelier) funciona materialmente. El milagro por el que la gigantesca urbe cairota es capaz de reconstruirse todas las mañanas desde la nada, como los hígados de Prometeo -para que se los sigan devorando-, reside en una miríada de mecanismos de socialización que garantizan, mediante una sobreabundancia de intervenciones humanas, el mínimo de bienestar material. 

A esta sobreabundancia llamo yo cultura: a los rodeos y rozamientos, algunos complicadísimos v aparentemente ociosos, que necesitan los países pobres (cuando aún resisten, lo que no es el caso de, por ejemplo, Sudamérica) para reproducir cotidianamente su oposición a la muerte: es evidente, por evocar un acto trivial, que produce más cultura (¡y cómo sorprendía esta otra riqueza al Levi-Strauss de Tristes trópicos!) encender una fogata en el campo que asar un pollo en la cocina... El Islam, frente al islamismo, no tiene palabra oficial (evocando la expresión de Bajtin): es un sistema de integración social que no se mantiene por imperativo de Al-Azhar sino por sus propios frutos. Sus centros de reproducción son el café, el mercado ilimitado, un parentesco que subroga, al mismo tiempo, la división del trabajo y la especificidad del consumo. 

Sus agentes, mayoritariamente analfabetos, asíntotos por tanto al circuito de la circulación ideológica, hacen girar la noria de viejas zarandajas porque de ella, sacan agua; pero, al contrario que el islamista, que reivindica su pobreza, los musulmanes -que no ignoran su miseria- viven la religión como un derecho a la abundancia y reflejan este sueño en sus fiestas (algunos aspectos del Ramadán o de los «mulid», tan combatidos por los fundamentalistas egipcios) y en su imaginería cotidiana: la hospitalidad árabe, por ejemplo, emplea la nutrición descomedida como símbolo... 

No hay que olvidar que la sociedad egipcia (incluso en El Cairo, a lo que debe sus secretos y sus magias) sigue siendo ideológicamente (pero porque encuentra una materialidad consentidora) campesina. Enfrente -por cierto- la Argelia del FIS es el resultado, tal y como lo recuerda Ernest Gellner, de la devastación de la religión rifeña, flexible y ritualista, tantas veces connivente con el ocupante, por parte de un nacionalismo islamista, encabezado por Ben Badis, urbano, escriturario y empachado de cultura occidental.

La razón, en consecuencia, de que -contra toda razón- no haya más islamismo es que el Islam funciona. Allí donde la represión y el iluminismo han fracasado, un montón de zarandajas, acumulando hombres en centros festivos (pues todavía son mínimamente productivos) de supervivencia, defienden a Occidente y a sus gobiernos aliados en la zona de la agresión política del integrismo islámico. La solución, pues, no está en persuadirlos con nuestras ideas universales, en ruinas también entre nosotros, negándoles al mismo tiempo nuestra riqueza; la mayor parte de los dirigentes y militantes integristas son universitarios muy familiarizados con las fuentes librescas occidentales. 

La solución tampoco está en reprimir sus actividades sin suprimir sus razones: la mayúscula torpeza del golpe de Estado argelino, aplaudido por todas las democracias occidentales, legitima la base ideológica de la violencia islámica. Pero en cuanto a que participen de nuestra riqueza, ni los más optimistas mentirosos se atreven a vaticinarlo... Si es que están dormidos y tienen que despertar de ésta su mínima cultura integradora, ya sabemos dónde van a hacerlo los egipcios. Despertarán, sin duda, porque Latinoamérica se acerca a toda marcha a estas latitudes. Pero que nadie quiera ver un misterio en ese despertar: el verdadero misterio es que hoy por hoy sigan -a veces tan bellamente- dormidos...

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