27 abril 2018

Soraya la descuartizadora

Gabriel Jiménez (que tiene la misma cara, por cierto, que su hermana, la tonadillera María) se arrojaba de niño desde el puente de Triana a las aguas rojas del Guadalquivir para que los turistas, persuadidos de que asistían a algún rito ancestral sevillano, se descolgaran con alguna propina. Lástima que en aquello no hubiera otro rito, ni otra puñeta, que la pura necesidad, y así, cuando a los nueve años Gabriel asaltó un puestecillo de chucherías (también tenía necesidad de ser niño y de pillar cosas de niño a los nueve años), la sociedad le respondió enviándole cinco años a un correccional. Al de Alcalá de Guadaira, precisamente. 

Pero aunque a Gabriel y a José Antonio siempre les tiró más la cosa preventiva que la punitiva («De los yonquis todo el mundo abusa: los camellos, los peristas y hasta los propios comerciantes que, al denunciar el robo, exageran siempre el monto de lo sustraído»), y mucho más la compasión que la imperturbabilidad policíaca, no podrían hacer nada, o muy poco, si no fuera porque su jefe, el comisario Gerardo Pérez, el alcalde, Manuel Hermosín, y la jueza, Isabel Fayula, les dejan hacer.

Pero, ¿qué demonios hacen esos dos maderos para que las mujeres les paren para besarlos en la calle o, lo que es más inconcebible, para que los heroinómanos vayan a buscarlos a la comisaría? Muy sencillo: se han propuesto devolver la vida, y el brillo de los ojos, y la pasión sexual, y la consideración propia y ajena, a los doscientos heroinómanos de Alcalá de Guadaira, a las doscientas sombras que deambulan del Puente (donde se pilla el caballo) al Castillo (donde se lo ponen) como si fueran 'las heces de la Santa Compaña. 


El cómo se lo montan estos dos misioneros con placa que ya están recibiendo ofertas para fichar por otros pueblos lo contaremos después, porque, de lo contrario, una vez metidos en harina, no habría manera de recordar que en Alcalá de Guadaira, el escenario de los hechos, se elabora desde antiguo el pan más rico y más blanco de Sevilla, que su castillo árabe es el segundo más grande que se conserva en la Península (caben, por desgracia, los doscientos yonquis a la vez) y que sus famosas aceitunas aliñadas tienen un poco de truco: el pimiento del relleno no es pimiento propiamente dicho, sino una pasta con colorante que da el pego. Por lo demás, las cincuenta o sesenta mil personas que actualmente habitan el pueblo no padecen los achuchones del paro y del olvido como en tantos otros rincones de Andalucía, y el emporio industrial (pan, conservas) que siempre fue lo sigue siendo con su cinturón de industrias, siete de las cuales emplean a más de quinientos trabajadores. 

La comisaría de Alcalá de Guadaira, que cuenta con una dotación de 61 policías uniformados y nueve inspectores, está instalada frente a la Iglesia, en un caserón enorme y ligeramente desvencijado. Cada mañana se organizan dos colas en su puerta: una para la cosa del DNI, y otra, más nutrida, compuesta por drogadictos y sus familiares, que esperan la vez para hablar con Gabriel, o con Antonio, o con el comisario, don Gerardo, definitivamente ganado para la causa. Don Gerardo, que al principio no las tenía todas consigo respecto a la pasión desintoxicadora de sus agentes, guarda hoy en una carpeta las cartas de los presos, y de los desenganchados, y de las familias que expresan su gratitud por la labor de esos extraños policías. No ignora don Gerardo que crímenes, lo que se dice crímenes, hay muy pocos en Guadaira (el de Soraya la descuartizadora, que troceó a su marido con la ayuda de un taxista, es un caso excepcional), pero que la mierda que se chutan los jóvenes del pueblo tiene efectos más destructivos que un bombardeo aliado. 

Es lo que dice Gabriel Jiménez: «¿para qué queremos que haya fuentes, y flores, y calles con buenos pavimentos y esas palmeras tan bonitas, si los jóvenes se mueren y no lo va a disfrutar nadie?». En efecto; los cadáveres no disfrutan de esas cosas, y el chorreo de muertos por sobredosis, o por adulteración, o por infecciones anejas al consumo, se ha disparado en los últimos tiempos: cinco muertos en dos años, el último, un chaval de 19 primaveras enteramente ajadas, hace un par de semanas, junto a un contenedor de basura. 

Lo que hacen Antonio y Gabriel tiene un mérito enorme, y la verdad es que hay que verlo para convercerse de que no se trata de un ardid propagandístico de Corcuera. Su sistema terapéutico, tan elemental, no se le había ocurrido, sin embargo, a nadie. Manuel María Galindo, un chaval excelente que hace apenas tres meses era un espantajo, lo resume con precisión admirable: «Si quieres desengancharte lo tienes que hacer en tu barrio, en tu sitio, en el mismo ambiente. Si te vas por ahí, a un centro de fuera o a una granja, la vuelta a lo de siempre equivale a eso, a la vuelta a lo de siempre. Si consigues vencer la adicción en medio de todos los recuerdos, de todas las tentaciones, estás curado». Así es, y Antonio Rojas y Gabriel Jiménez, cuyas teorías se ciñen estrictamente al empirismo de la calle, están ahí para demostrar que eso es posible.

Muy duro, pero posible, siempre y cuando haya tipos que, como esos dos polis, no reparen en gastos, quieran y sepan, sobre todo que quieran y sepan, porque para pasarse ocho o diez noches infernales, las que dura el «mono», al lado de las criaturas, hay que saber. Y poder. Porque son diez noches de espasmos, y de alaridos, y de un frío tan desproporcionado que quema los huesos y taladra las cervicales, y vaya si hay que saber estar ahí, en un jergón al lado del muchacho, en su casa, y ponerse a darle masajes a las cuatro de la mañana, y que si ahora una tila, y ahora el discurso de «Puedes, verás como puedes» por enésima vez, y ahora, porque si no va a estamparse la cabeza contra la pared, sujetarle a la cama con unas vendas elásticas.

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