21 marzo 2015

Baños de glamour y excesos

Valencia siempre ha sido la capital mundial de la coentor, y a mucha honra. Coent, coentor. Dos términos con los que los propios valencianos expresamos de forma precisa y autocrítica el sentido antiestético que nos caracteriza. Un cóctel en el que se funde lo kitsch, lo hortera, el mal gusto pequeño burgués y una tendencia irresistible a confundir lo antiguo con lo viejo y sustituirlo alegremente por las últimas novedades del mercado, llámense raylites, metacrilatos o fibra de vidrio. 

Todos sabemos lo que es coent, aunque ese estilo no se estudie en las Escuelas de Bellas Artes.Todos tenemos un primo en el pueblo que decora su flamante casa de acuerdo con las reglas más estrictas de la coentor. Todos podemos en determinado momento ser coents. Y que conste que no lo digo con desprecio, ni mala leche, porque ese barroquismo, exceso, derroche de formas y color es algo muy nuestro, muy mediterráneo, en gran parte consecuencia de una riqueza tradicional y de una contagiosa vivacidad a la hora de hacer gasto.

Ahora gracias a la Copa América la entrañable coentor de las abuelitas ha sido barrida por una oleada de glamour. Valencia rezuma glamour, destila glamour, exhala y despide glamour por los cuatro costados. Nos bañamos en bañeras de glamour. Desde la fiesta de Prada en el mercado Central a la última del Consorcio de Copa América en la Tabacalera, la ciudad se ha convertido en pasarela por la que desfilan las estrellas más deslumbrantes del firmamento mediático, desde la negra más alta del mundo, Noemi Campell a la italiana que erotizó a nuestros hermanos, Ornella Muti. Mientras las bellezas de piernas interminables desfilan ante los flashes, el puerto se atasca de megayates, de bote en bote. Está el Vava, de Bertarelli, el Benalex del equipo Team New Zealand y el Rahal del príncipe de Bahréim, nada menos, Y por si esto fuera poco acaba de llegar el de Michel Douglas y Catherine Zeta-Jones. Champán y caviar para todos.Tengo tanto empalago de glamour que me voy a la Plaza Redonda a comprarme una paella de plástico y varias barracas de cerámica, sin olvidar la bailaora flamenca para ponerla encima del televisor.

Soy acuática pero no náutica y el baile duelo de los veleros me aburre soberanamente, posiblemente, porque desconozco las reglas del juego y no tengo ningún interés en conocerlas. Pero hay que reconocer que la Copa América pese al escepticismo inicial no ha decepcionado, ha cumplido todas las expectativas. Ha sido como una lluvia dorada, con perdón, maná nutricio para unos (los hosteleros) y para otros confeti brillante con muchos fuegos de artificio. Y dosis de glamour por un tubo, claro. Lo mejor del evento es que nos dejará un fachada marítima muy cuca para que los hosteleros puedan seguir haciendo su agosto y la chusma se pasee en bermudas y chanclas, feliz y satisfecha, sin gota de glamour.

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