24 junio 2013

Harapos de color tierra

Los budistas integristas no admitían que «pequeño» pudiese estar asociado a Buda y pedían que se cambiara el título, transformado con deseo de apaciguamiento de la prensa local en «Young Buhdda»; las autorizaciones para construir monumentos casi auténticos eran dadas un día y retiradas al siguiente; las negociaciones entabladas con el Rey eran rechazadas por los responsables de las múltiples tendencias del Partido Comunista que dominan la ciudad; los habitantes que no vivían cerca del lugar del rodaje pedían dinero puesto que se sentían perjudicados respecto a los que vivían cerca y se les daba, y estos a su vez pedían más porque estaban cerca y los que no lo estaban recibían más». 

Al día siguiente, se realiza la falsa cremación, tan digna y emocionante como una verdadera. La joven que hace de muerta tiene una impresionantemente belleza inmóvil, una flor en la boca y monedas sellando los párpados. Bertolucci dice con ligereza: «¿No podríamos poner mejor monedas de plata? Esas monedas de bronce tienen un tono muy apagado, del mismo color que su piel»... La madre de «la muerta» está aquí cerca, orgullosa; en su sari lleva protegido a un minúsculo bebé. Todavía más orgullosa, explica que su bebé tendrá el honor de hacer el papel de Siddharta en su nacimiento. 

Esa jornada es de vértigo, se ven Budas por todas partes, está el Buda recién nacido, el Buda de un año, espléndido en brazos de su padre... alemán, el Buda nepalés de ocho años con unos maravillosos ojos de carbunclo y el Buda de veintiocho años, Keanu Reeves. Bertolucci le contempla, tan guapo, maquillado como un ídolo y dice: «Ni mujer, ni hombre, ni travesti, ni chico, ni chica, una idea bastante cómoda de Dios." Lentamente, recorre un largo foso donde están tumbados los enfermos, los mendigos y ancianos demacrados con harapos de color tierra, polvo y arena. Una vez más, la realidad rasga suavemente, dolorosamente, la ficción. 

No es necesario el maquillaje para esta corte de milagros sin edad, de todas las edades de la miseria. En el momento en que pasa ante ellos este Siddharta de cine, en su túnica azúl y dorada, los vagabundos, magníficos, le saludan con las manos juntas y la cabeza inclinada. «¡Corten!» grita Bertolucci. Discute con el ayudante francés que habla nepalí, un antiguo director comercial, que cuenta «haber colocado gomas elásticas a sus amarras», llegado hasta aquí porque tenía ganas de viajar y que se que!ó para abrir una tienda. «¿Quién les ha pedido que saluden?» Nadie. Han saludado espontáneamente a este personaje intemporal recobrado del fondo de sus memorias. ¿Por qué? Porque, dicen, «es un rey». ¿Un rey de qué? Un rey. El rey, Keanu Reeves, muestra permanentemente una impasibilidad aburrida. Los indios no le encuentran lo bastante mofletudo para el papel. Su nombre, hawaiano, significa «brisa fresca en la montaña». 

Nacido en Beirut (de madre relacionada con el rock and roll y de padre geólogo), mestizo de china y hawaiano, pasó su primer año en Australia y creció en Toronto. Tiene ya una carrera brillante y versátil. Se le vio (y apreció) especialmente en el Danceny de Las amistades peligrosas, de Stephen Frears (y Choderlos de Lacios), en My Own Private Idaho, de Gus Van Sant y en Drácula, de Coppola (y Bram Stoker). Pronto le veremos en Much Ado About Nothing de Kenneth Branagh (y Shakespeare).

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