20 agosto 2012

Emma Stone no pilló ningún oscar


A pocas horas de que dé comienzo la LXV ceremonia de entrega de los Oscar, la tensión que se siente en los ensayos puede cortarse con un cuchillo. La serpiente que forma parte de uno de los números musicales ha desaparecido provocando la histeria de la coreografía de Debbie Allen. Por si fuera poco, las calles cercanas al Dorothy Chandler Pavillion han amanecido empapeladas con pancartas de la Coalición de Mujeres en Acción, ridiculizando los Oscar y la hipocresía de Hollywood, que rinde homenaje a la mujer en el cine pero no da papeles relevantes a sus actrices. 

El temor de que se produzcan incidentes similares a los del año pasado ha hecho que la Academia de Artes y Ciencias contrate a 200 agentes especiales de seguridad. El reciente atentado a las Torres Gemelas, las amenazas del IRA (que aparece reflejado en Juego de lágrimas) y el éxito de El guardaespaldas, cuyo argumento cuestiona la seguridad de la ceremonia, han hecho que los organizadores no juzguen suficiente el batallón de policías que habitualmente cubre el evento. Ajenos a estas intrigas, los «fans», que han aguantado estoicamente los detectores de metales y el chaparrón del fin de semana, empiezan a desenfundar las cámaras de fotos regaladas por una conocida marca como reclamo publicitario. Dos horas antes de que empiece el espectáculo, la retahíla de estrellas empieza a hacer aparición. El equipo de Juego de lágrimas abre fuego con Miranda Richardson luciendo peluca Mata Han, y su director, Neil Jordan, abranzando a su chica como si se la fueran a secuestrar. Entre la multitud, el moño de Jaye Davidson pasa desapercibido.

Las maduritas interesantes son, sin duda, las estrellas del evento. Los presentes quedan deslumbrados con la distinguida viuda de Sir Laurence Olivier, Joan Plowright (nominada por Un abril encantado) y el esplendor de Sofía Loren, que se deja caer con sus hijos y las Rodríguez de la Fuente. «Me encantan los Oscar», confiesa Odile, agarrada como una lapa al retoño de la Loren. A pocos metros, Nastassja Kinski le muerde la oreja seductoramente a su pareja, el músico de color Quincy Jones. Tras ellos, las miradas se centran en la sorprendente pareja Vanessa RedgraveFranco Nero, hasta que Catherine Deneuve irrumpe vestida decorista del Follies Bergere, con un modelito rosa de Yves Saint Laurent. Geena Davis, luciendo terciopelo negro y Sharón Stone, gasa blanca, pugnan secretamente por ver quién se parece más a Marilyn Monroe. Algo parecido le pasa a la modelo Claudia Schiffer, avasallada por los fotógrafos que ven en ella a la nueva Bardot. Otra modelo, Cindy Crawford, vestida de ángel blanco, deja boquiabiertos a Fellini y Mastroianni, que parecen aturdidos ante tanto mogollón. Plácido Domingo, sin embargo, se desliza como Pedro por su casa entre la multitud para decimos que está entusiasmado de poder cantar en español. Liza Minelli no tiene pelos en la lengua y nos revela que se trajo a su coreógrafo de Nueva York, ya que no le gusta el trabajo de Debbie Allen. 

Otro que tal Denzel Washington, declara que su único digno competidor es Al Pacino. Susan Sarandon, por su parte, confiesa que le da vergüenza cómoEstados Unidos niega la entrada a los portadores del virus HIV. Su pareja, Tim Robbins, dice que los Oscar son peligrosamente parecidos a como los muestra la película que protagoniza, El juego de Hollywood. Al Pacino llega embobadísimo con su pareja, Lyndall Hobbs. Cerrando el desfile está un Tom Hanks esquelético debido al rodaje de Philadelphia, en la que interpreta a un enfermo de sida. Antonio Banderas es su pareja sentimental en esta nueva película del director de El silencio de los corderos. Detrás del escenario del Dorothy Chandler Pavilion, la sala de prensa es un picadero en el que los ganadores hacen el paseíllo con su Oscar. El primero en hacer aparición es Gene Hackman que admite habérselo pensado mucho antes de aceptar su papel en Sin perdón, ya que le parecía demasiado violenta. 

Fue su tío quien le convenció de que debía hacerla y es a él a quien dedicó su discurso de aceptación. Marisa Tomei, que trabajó junto a Sylvester Stallone en la película Oscar, apenas puede levantar el suyo. «Lo voy a utilizar como pesa en el gimnasio», dice. El director de Indochina declara: «Algo no debe estar claro en cómo recuerda Francia su pasado colonial cuando algunos atacan a mi película de nostálgica y otros de procomunista». La directora del documental sobre la invasión de Panamá manifiesta que es inconcebible que su trabajo esté a punto de mostrarse en España y Japón y sin embargo esté vetado por la televisión americana. Alan Menken y Tim Rice, autores de la canción ganadora, cuentan que están trabajando en una adaptación de la película de Disney La bella y la bestia a los escenarios de Broadway, que va a contar con cuatro temas originales.

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