15 abril 2012

Enterrando el sueño americano

El término «gonzo» fue acuñado por Bill Cardoso después de que Hunter S. Thompson describiera a un público desaforado y emputecido de apuestas, que llegaba a pelear con botellas de whisky rotas, en El Derby de Kentucky, «decadente y depravado». Más allá del hipódromo, se libraba la guerra de Vietnam; bullía la contracultura de Berkeley y el beatnik; los manifestantes eran dispersados con cargas de caballería; se vivía la edad dorada de los pesos pesados del boxeo y de los grandes conciertos; los gurús recomendaban fondos musicales adecuados para la experiencia del LSD; Bob Zimermann pasaba a llamarse Dylan y se convertía, con Mr. Tambourine, en el juglar hippy; los Panteras Negras militarizaban el gueto...

Y Los Ángeles del Infierno agregaban gasolina al espíritu de la frontera y fluían hacia la inmensa fama que les daría el asesinato de Altamont, cometido junto al escenario mientras Mick Jagger cantaba Sympathy for the devil.

La crónica de El Derby... fue el trallazo con el que un periodista de deportes, arrogante, insultador, vagamundos, lisérgico, aspirante a novelista glorioso y especializado en burlar a sus innumerables acreedores, encontró su voz y su propósito: cargar la escritura de sentido político, como si fuera la guitarra de Woody Guthrie, y hacer la autopsia del sueño americano. El Derby... tenía que haber sido la primera entrega de una serie que jamás llegó a completar y con la que se habría propuesto atravesar el país de costa a costa «cagándome en todo», desde el másters de golf hasta la Copa América de vela, pasando por la Nochevieja en Times Square o el Día de los Veteranos.

Un extenso reportaje/río concebido como un viaje al corazón de las tinieblas sin salir de casa para demostrar hasta qué punto se había degradado una nación que alcanzó en la II Guerra Mundial su más profundo orgullo de sí y que ahora empleaba su inmenso poder «en hacer daño a los débiles».

El escritor gonzo (Anagrama) es apenas una selección de la ingente correspondencia que un grafómano como Thompson mantuvo con todo tipo de personajes de su tiempo. Cartas ácidas, iconoclastas, a menudo de una agresividad violentísima, que ilustran el paso de meteorito de Hunter S. Thompson por su tiempo.

Está el militar improbable que dirige peticiones de trabajo a directores y editores de prensa a los que insulta como si no merecieran disponer de su talento. Está el novelista frustrado al que devuelven los manuscritos, que calcula para rebajar la ansiedad cuántos años tardaron en ser publicados sus admirados -Hemingway, Donleavy, Liebling- y que trata de cartearse con las vacas sagradas de la época -impagable la invitación a Faulkner para robar juntos gallinas, o la advertencia a Mailer de que le va a desbancar con «la Gran Novela Portorriqueña», sin que ninguno, aparte de Tom Wolfe, le responda siquiera. Está el indigente que suplica adelantos, que se obsesiona con la falta de dinero, que conserva sus originales por si algún día valen algo en una subasta, que justifica ante revistas como Rolling Stone listas de gasto tan delirantes como la que incluía el alquiler de un Cadillac DeVille porque en Las Vegas, si apareces con un coche peor, «los porteros de los casinos ni te abren la puerta». Está el aspirante a escritor de discursos que se ofrece a políticos como Robert Kennedy sin que éstos le tomen en serio. Está el amante de las armas que se presentó a las elecciones de sheriff de Aspen (Colorado) con un partido llamado Poder Freak y una frase de Fellini («Sólo las personas serias saben sonreír») como eslogan, y que se las arregló para obtener el 40% de los votos.

Y está, por fin, el ídolo contracultural de la fama creciente, que empezó en serio cuando convivió durante un año, como uno más, con Los Ángeles del Infierno para escribir un libro clave que le sirvió para cultivar una profunda amistad con un mítico jefe de las bandas de la carretera como Sonny Barger y para recibir, mientras éste estaba en la cárcel, una paliza de otros moteros que lo dejó al borde de la muerte, desengañado por añadidura de la aureola romántica de los outlaws del 1%.

Algunos de los directores de prensa a los que insultó por correspondencia terminaron convirtiéndose en amigos para toda la vida. Tal fue el caso de William J. Kennedy, que años después ganaría el Pulitzer por Tallo de hierro. Y que recibió una muy particular solicitud de empleo de Thompson cuando estaba ultimando la salida a los quioscos de un diario radicado en San Juan de Puerto Rico. Hunter quería vivir en el Caribe, de donde luego sacaría inspiración para Los diarios del ron, el libro en el que anduvo atascado durante años. Y Kennedy, en la primera respuesta a una misiva insultante, le respondió que sólo le contrataría en caso de necesitar a alguien «que rompa a patadas la máquina de golosinas, que aún no hemos adquirido». Entre los consagrados, la otra amistad que fortaleció fue con Tom Wolfe, a quien sólo se dirigó agresivamente en una ocasión en que éste le contó por carta un viaje de conferenciante triunfal por Italia, mientras el gonzo languidecía en la miseria en una cabaña de Colorado: «Ojalá que tu puto traje blanco sea tu mortaja».

Hunter S. Thompson experimentó una suerte de epifanía en un acontecimiento concreto al que acudió como periodista y del que salió como revolucionario que más adelante llegaría a viajar a Saigón para ofrecerse, igual que antes a Robert Kennedy, al mismo Vietcong (sin que éste tampoco le hiciera caso). Fue en 1968, en el congreso demócrata de Chicago en el que los manifestantes hippies de la calle Balboa fueron reprimidos con una dureza brutal que dio la vuelta al mundo. Thompson se sintió muy desafiante cuando fumó un porro «delante de las bayonetas», pero de pronto fue devorado por la violencia desatada y se refugió en el bar de un hotel, donde le impresionó la quietud de hilo musical de los bebedores de cócteles a apenas un cristal de distancia del lugar en el que el sueño se iba al carajo.

Con todo, la obra que, todavía en la actualidad, cimenta la fama de Thompson es Miedo y asco en Las Vegas, escrita con el pseudónimo de Raoul Duke, «doctor en periodismo gonzo», y adaptada al cine con Johnnie Depp y Benicio del Toro. Redactó el primer borrador de un tirón en el hotel Mint, borracho, mientras esperaba al amanecer para poder largarse sin pagar. El origen fue un reportaje para Rolling Stone engordado luego al calibre de libro, y es la narración exagerada de tres días de drogas y locura en Las Vegas: más deudor de la ficción, Thompson no se sentía especialmente obligado a contar los hechos tal y como habían ocurrido, sino que los empleaba como coartada o punto de arranque. A Las Vegas, en el Cadillac descapotable que irritó al contable de Rolling..., Hunter viajó para cubrir una carrera de motos con un abogado de más de 100 kilos de peso, activista chicano y consumidor de toda combinación química llamado Óscar Zeta Acosta. Un bala perdida como Thompson, que en el libro sería el personaje secundario del doctor Gonzo, que se decía de puro linaje azteca, que por eso profesaba a Hernán Cortés un odio personal, y que algunos años después fue asesinado por narcos mexicanos, sin que su cadáver apareciera jamás.

La crónica del viaje, del fascinante bestiario humano de Las Vegas, consagró de forma definitiva dos imágenes de marca de Thompson: el periodismo gonzo y el epígrafe Miedo y asco, que él luego seguiría aplicando a todas sus visiones de la vida pública y de la extinción del Sueño, entre las cuales la más notable fue la cobertura de la campaña presidencial de 1972. Para entonces, a Hunter ya le salían imitadores que hacían el ridículo al intentar copiarle la escritura y la actitud vital. Y él, acaso porque se volviera demasiado consciente de su personaje, se transformó en un cliché vivo obligado al comportamiento gonzo, al miedo y asco perpetuos, sólo por no defraudar a su público.

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