29 enero 2012

Monstruos de la noche

De entrada, la sombra de un ama de llaves siniestra. Luego, ruidos de un carruaje, graznidos, jadeos intensísimos, una voz de ultratumba que susurra «Mina, Mina». Y Mina (María Ruiz), que se acerca a la ventana, y en ella la sombra de un enorme vampiro y Mina que se abre la ropa de dormir como si se ofreciera, virgen, en sacrificio. La capacidad de seducción del vampiro chupasangres es, en verdad, fascinante. Después hay truenos y relámpagos, viento que ulula, perros que aúllan lúgubremente, criaturas de la noche… Para aliviar tensiones hay un artificio de dramaturgia: una conferencia del profesor Abraham van Helsing (Emilio Gutiérrez Caba) que explica la terrible aventura que ha tenido con su hija Lucy, vampirizada. 

El profesor cree en los «no muertos», que no hallan descanso y se alimentan de sangre joven de mujeres que gozan con la cópula del vampiro y languidecen. La sala, abarrotada, llega a creer en los «no muertos»; y no porque Emilio Gutiérrez Caba, gran actor, esté especialmente convincente, sino porque todo lo que ocurre es sobrenatural; y a la gente le encanta lo sobrenatural y el terror. Terror yo no creo que haya mucho, aunque el cruel Conde lo haga Ramón Langa, porque la historia ya la sabemos y el conocimiento quita morbo. Pero la gente flipa y conseguir una entrada, como crítico, es una proeza resuelta por Ángel Galán y Alberto Closas, que es el que más manda aquí después de Colubi. 

Es un gozo ver el teatro lleno y las maldades del maldito murciélago no me lo van a quitar; ni las dudas del doctor Seward (César Sánchez) o los exorcismos de Van Helsing; ni la traición del ama de llaves (Amparo Climent) o la endemoniada locura de Ramfield (Mario Zorrilla), cuya violencia temerosa rompe el patio de butacas, o el atolondramiento del novio (Martín Rivas). Y, mucho menos, las apariciones del Conde envuelto en humo y un murciélago sobrevolando los espectadores. Lo que produce un morbo jubiloso son los encuentros entre Mina (María Ruiz) y el vampiro en los que la muchacha, en éxtasis, levita. Truco de magia, como la desaparición del Conde bajo la capa, cuando le quedaban sólo dos segundos para que lo matara el amanecer, fuera de su ataúd. El reparto es bueno, pero el texto tiene una carga gótica y un aparataje escénico brillante, pero difícil de superar. Eso lo consiguieron en cine Coppola y Polanski, entre otros genios como Herzog o Murnau.

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