15 julio 2012

Quien puso nombre a las Filipinas

Cae la noche. En cubierta, sólo está encendida la lámpara de bitácora alumbrando la carta de navegación. El capitán Ruy López de Villalobos observa la negrura del oceáno, a barlovento cree ver algo, pero no es más que una ilusión óptica. Navega por un laberinto de islas para las que ya ha pensado un nombre con el que honrará al príncipe Felipe: Filipinas. No imagina Villalobos que el joven príncipe se convertirá en el monarca más poderoso de su tiempo y que gracias a estas islas a él dedicadas en su imperio jamás declinará el sol.

Pero nada puede intuir este navegante malagueño en esta negrísima noche de ultramar en la que se cruzan el miedo a lo desconocido y la audacia de quien tiene como oficio la conquista de nuevos territorios.

Ruy López de Villalobos observa la rosa de los vientos con la débil lámpara de bitácora y piensa en qué le deparará el destino. Corre el año de 1543 y tiene muchas esperanzas en este viaje del que, por desgracia, nunca regresará.

Bien poco se sabe del hombre que bautizó las islas Filipinas, como de tantos personajes españoles unidos a los grandes destinos históricos y luego perdidos en las arenas crueles del olvido. Sólo repasando los mapas del mundo, se descubren lugares curiosos nombres españoles sin que muchos sepan a qué se debe su origen. Incluso en estas Filipinas que fueron la joya del comercio español con Asia -la capital a la que llegaba el famoso galeón de Manila- apenas quedan recuerdos españoles.

Pero, de momento, Ruy López de Villalobos navega rumbo a las llamadas entonces Islas del Mar del Sur y de Poniente. Todo es posible. Entre los objetivos de la empresa que dirige el marino malagueño está uno fundamental: establecer una ruta que conecte el Atlántico y el Pacífico para establecer el comercio con las islas de la Especiería.

Es lo que se llamaría el tornaviaje, un itinerario de regreso desde las Islas de Poniente a las Indias Occidentales (América), ya que los portugueses controlaban la ruta de vuelta por la India. Sin embargo, sería el fraile agustino Andrés de Urdaneta quien facilitó a la escuadra de Miguel López de Legazpi -el fundador de Manila en 1571- regresar al puerto de Acapulco e inaugurar así la ansiada ruta de tornaviaje que se mantuvo en activo hasta 1815. Una ruta que permitió a España controlar a través de la Nao de Acapulco o Galeón de Malina el comercio de obras de marfil, objetos de laca, mobiliarios exóticos, sedas, porcelanas y especias con el Extremo Oriente.

La gran historia española en el Pacífico -transformado así de oceáno inhóspito en el llamado lago español- comienza con la ruta de Fernando Magallanes, que alcanzó la isla de Samar, la primera tierra filipina de posesión española. Y tendrá en Urdaneta y Legazpi a sus personajes fundamentales.

Sin embargo, la historia menos conocida del malagueño Villalobos merece un sitio de honor en estas crónicas del Pacífico. Como advierte el historiador Carlos Martínez Shaw en el estudio preliminar sobre una de las relaciones de este viaje, «la expedición de Villalobos contribuyó al conocimiento de las Filipinas, aunque no condujo a una ocupación permanente del archipiélago ni a la determinación de una ruta de retorno a las bases novohispanas».

Pero ahí está el capitán Villalobos comandando la flota que partió de la Bahía de Navidad -en el actual estado de Jalisco en México- el día de difuntos de 1542.

De la biografía de Villalobos se sabe bien poco. Sólo que era natural de Málaga, aunque se desconoce el año de su nacimiento y que había llegado a México en donde fue nombrado alguacil mayor en 1535. Al parecer, se casó con Juana de Ircio, que era pariente del virrey de Nueva España, don Antonio de Mendoza, que será quien impulse esta expedición de claros intereses comerciales para controlar la ruta de las especias.

Es posible reconstruir el terrible viaje de Villalobos gracias a tres relaciones. La primera es la que hizo García de Escalante Alvarado; la segunda, la de fray Jerónimo de Santisteban, que era el prior de la expedición, y que envió al virrey de Nueva España desde la ciudad de Cochín en la costa occidental de la India. No hace mucho aparecía en la Biblioteca Nacional una tercera relación anónima, pero incompleta y poco tiempo después se descubría en la British Library de Londres otro ejemplar de este texto anónimo, pero en este caso completo, y que ha publicado la historiadora Consuelo Varela.

Las relaciones se leen como una auténtica novela épica de ultramar en la que se narran tormentas, hambrunas, naufragio y refriegas, como cuando los expedicionarios tuvieron que luchar por comida con los indígenas de la isla de Antonia, actual Sarangani.

Según el relato de Alvarado, cuando llevaban navegadas 180 leguas alcanzaron las islas de Revillagigedo, que llamaron Santo Tomás, Añublada y Roca Partida. Al alcanzar el archipiélago de las Islas Marshall descubren una isla que el capitán denomina San Esteban, por ser ése el día del santoral en el que arribaron.

Villalobos también dedicará a su ciudad natal un emotivo homenaje, ya que al seguir la vía de poniente hallan una bahía que él llama Málaga. Poco después, alcanzarán una isla que en este caso recordará al emperador Carlos I por lo que la denominará Cesarea Karoli, hoy conocida como isla de Mindanao.

Sin embargo, uno de los grandes problemas con los que se toparán los españoles será el enfrentamiento con los portugueses, que no estaban dispuestos a renunciar a su monopolio en la zona. Tras varios capítulos de tensión y, sobre todo, por la imposibilidad de encontrar la ruta del tornaviaje, los españoles llegarán a un acuerdo con sus enemigos: regresar por la India, ruta que controlaban los portugueses.

Ya en el camino de regreso, una extraña enfermedad afecta a la tripulación. El capitán también sufre de fiebres palúdicas, que dejaban tullidos los pies y las manos. Al llegar a Amboina -en las islas Molucas- Villalobos muere de calenturas, «seco de pesar y de congojas». Atrás queda el sueño filipino y la aventura incompleta del tornaviaje. No sabrá el navegante malagueño que, a pesar del fracaso, su nombre pasaría a la Historia de las grandes travesías españolas.

Naufragios. La flota de Villalobos estaba formada por los navíos 'Santiago' -que era la nao capitana-, el 'San Jorge', el 'San Juan de Letrán', el 'San Antonio', la galeota 'San Cristóbal' y el bergantín o fusta de remos 'San Martín'. Algunos reposan aún en pecios olvidados del Pacífico, ya que la expedición sufrirá múltiples tormentas y naufragios. De hecho, de los 370 marinos que partieron sólo regresarán a Lisboa cuarenta.

San Francisco Javier. Ruy López de Villalobos murió en 1546 y, según relata el profesor José María Ortuño Sánchez-Pedrero en un estudio histórico de la expedición a las islas de Poniente, «recibió el auxilio espiritual de quien sería San Francisco Javier, que por aquel entonces evangelizaba en aquellas islas».

De Amboina a Lisboa. Ya muerto el capitán Villalobos, lo que quedaba de la maltrecha expedición partió con vientos del sur de Amboina. Llegan a la isla de Java y en Malaca permanecen cinco meses. Luego, continúan en dirección a la India, siguen por Goa y, desde allí, se embarcan rumbo a Lisboa para llegar en 1546.

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