27 septiembre 2013

El viaje de Cela a Estocolmo

Traduce en seis idiomas y fue amigo personal de Karen Blixen, alias Isak Dinesen (Me cuenta que la sífilis no provino de su marido Bror, sino muy probablemente de Farah, el criado africano). Ahnlund es el mejor traductor al sueco de Cela y el encargado de seleccionar los candidatos españoles al Nobel. Lee a Camilo desde el 69 y no lo conoce. 

Cuenta que incluso se negó a responder una carta que el escritor le envió para comentar la traducción de Mazurca para dos muertos. Ahnlund vive su oficio con un fervor místico que le exige pureza absoluta. Ahnlund pasa de polémicas, no le interesa lo que diga o deje de decir Semprún sobre su traducido o lo que éste quiera opinar del ministro novelista. Está por encima de vulgaridades. Knut Ahnlund ha escrito el discurso que dirigirá a Cela en la ceremonia de entrega del Nobel, el próximo domingo: «...Cela ha renovado y vitalizado la lengua como pocos en estos tiempos. 

Entra de lleno en la fila de los creadores del idioma castellano, Góngora, Quevedo, Valle Inclán y García Lorca. El español no ha sido en verdad la misma lengua desde que cada uno de éstos escribió sus palabras en su gran libro». Esperamos de Santiago a cuarenta gallegos. Los mallorquines ya están aquí y este mediodía, Pedro Serra, el magnate de la prensa balear les ha ofrecido un almuerzo con Cela en el Restaurante de la Opera. 

Serra brinda por el premiado, recuerda que ellos tradujeron hace 35 años Pascual Duarte al mallorquín y se queja de la demora de un premio que ya tendría que haber llegado entonces. Le entregan la primera edición del libro Cela en Mallorca editado por José de Olañeta con su tradicional gusto. Cela agradece detalles, habla de regiones españolas, aviones y turismo, comenta que la comida es «buena pero escasa» y rebaña todos sus platos. Laura, la hija de Marina, llegó ayer y está aburridísima. La han sentado en la mesa grande llena de diplomáticos y gente mayor, se queja, consigue que la cambien a la mesa de los de Guadalajara y me deja su sitio. Muchas gracias. Lo mejor fue el postre.

Fuera de la familia, entre periodistas e invitados, se reiteran las críticas a la administración española. Esta vez insisto en una embajada que para nada sirve. Hoy es su único día laborable (ya comentamos el dolor de los festivos) y el embajador comenta que está malo. Al almuerzo con Cela asiste Pedro Calvo-Sotelo (agregado cultural, creo), un chico muy agradable (el sábado llegará su padre Leopoldo) que no entiende cómo pueden ocurrir esas cosas. Cosas como que cuando C.C. llama para pedir una invitación al copetín, a nombre del President del Consell Balear, le responden que ya no cabe porque unos por otros van a ir unos ochocientos. 

Mira que me gusta, en los últimos tiempos, hablar mal de Semprun por los saraos. Pues bien, no sé si arrepentirme un grado ya que esta tarde en la embajada, charloteando con un miembro de la Academia Sueca, el digno caballero me felicitó porque venía a Estocolmo el ministro de Cultura de la Xunta gallega. 

Creí yo, susceptible, que se trataba de un choteo sueco pero parece que no; me relata que rara vez vienen los ministros de cultura de los países galardonados y que es un éxito la concurrencia del gallego. No sé si este señor sueco será amigo de Yves Montand, me extrañaría porque parece serio y asegura que mañana vendrá con papeles cuajados de datos y estadísticas. Después de tanto jaleo, quizá hemos echado las manos a la cabeza demasiado pronto o demasiado alto porque, diga lo que diga el académico, el ministro tendría que estar aquí como Fernández Ordóñez que ha quedado como un duque y es muy elogidado por Cela. 

En la Embajada Española no estaba yo de paso, se trataba del cocktel que hemos suplicado y del que todos, incluido Cela hemos huido bostezantes. El embajador, muy elegante, iba probablemente vestido de camuflaje porque nadie le vio; Calvo Sotelo, el agregado, tan bien intencionado como siempre, dice que han venido ministros suecos, pero no sabe muy bien cuáles. No hubo vino español, ni salmón, ni tortilla, sólo reiteradas y macilentas albondigas. A los cinco minutos de llegar se acabó la Coca Cola. Cela tardó en fugarse porque le perdieron el abrigo y no encontraban la limousine. El automóvil apareció a la media hora, del abrigo todavía no sabemos nada.

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