08 febrero 2013

En la farmacia de Paracelso


La del alba sería, cuando Monsieur Andesmais y Pachequín, rozagante don Quijote y rezongante Sancho, abandonaban las sombras casi perfiladas del Parador. La promesa del mesié de conseguirle a Pacheco la fórmula alquímica de la siempre eterna juventud había alterado un tanto la natural parsimonia del castellano viejo que, pasada la noche en un embarullado combate con las sábanas, había acabado despertando personalmente al amanecer. Y no es que Pachequín creyera a pies juntillas la broma de Andesmais, pero sí esperaba hallar alguna que otra flor de adormidera entre las orzas de la antigua botica que le había prometido visitar su compadre.

M. Andesmais, por su parte, había ocupado un gran trecho de la noche en revisar viejos apuntes de sus estudios sobre Paracelso, el creador del cuerpo de doctrina que preludiaba la farmacología moderna; del Códice Badieano, hojeado con primor en la Biblioteca Vaticana; los exquisitos dibujos botánicos de José Celestino Mutis, el gran sabio español a quien sus propios compatriotas desconocían en los billetes de dos mil pesetas; los apuntes de la interminable expedición de Alejandro Malaespina. Ahora, reflexionaba sobre las lecturas nocturnas, sin reparar en las agrias roquedas y segrijones que iban bordeando, entre ceñudos y vigilantes, la carretera soriana.

Tuvo que hacerse el mediodía para que los viajeros acabaran de alcanzar la antigua puerta blasonada y solanera de la botica. Entrados en el recinto les recibía una infinidad de jarrones y tarros de Talavera -albarelos, se dijo Andesmais-, perfecta y orgullosamente ordenados sobre unas estanterías de un precioso nogal barroco. En una rinconera esbelta y agazapada, se amontonaban otros utensilios de época: copas de porcelana del Retiro, pomos y frasquitos con forma frutal de pera, unas vinajeras de novia, vidrios labrados para encarcelar jarabes y ungüentos. Vasos, ollas, tinajas, pucheros, en un caos casi perfecto.

Mira, Pachequín, -se emocionaba M. Andesmais-, sabías que muchos remedios se elaboraban con piedras preciosas. Pues fíjate, granates y corales para purificar la sangre; madreperlas de cortar hemorragias, zafiros de dolor de cabeza y esmeraldas de dolores de parto. Hasta topacios de Bohemia que -entonces lo aseguraban sin reparo- curaban la melancolía y el mal de ojo.

Pero quizás mucho más interesantes eran los medicamentos procedentes del casi inagotable reino animal. Desde el cuerno de unicornio que fuera tenido y reputado por el mágico e inefable contraveneno, a la pezuña de ciervo que tranquilizaba incluso a los locos furiosos. Cuernos de buey, estiércol de ratón, diente de jabalí, higado de lobo. Testículos de jabalí y de toro. Leche de asno y sangre de paloma. Hasta el propio cráneo humano fue utilizado como remedio de diversas enfermedades. Y algo habría de real y de práctico en todo aquello, que por los testículos del castor, el remedio de la época para la impotencia, se pagaron verdaderas fortunas.

Andesmais continuaba incansable relacionando remedios y enfermedades. A saber: Reino vegetal: melisa y nervios, boldo e hígado, centaura o gastritis, equiseto diurético, muérdago y tensión alta, alcaravea para los gases, arenaria y cálculos renales, caléndula para la regla. En fin. De improviso, la cara de Andesmais se iluminó entre la emoción y la picardía. He ahí Pacheco, tu fórmula -casi gritó el francés entusiasmado-, el elixir para alargar la vida. Y señalaba un pergamino polvoriento que tapaba una de las viejas orzas: una onza y un adarme de cada uno de los siguientes ingredientes: aloes succolín, teodaria, genciana, azafrán, ruibarbo fino, agarico blanco, triaca de Venecia.

Pero me temo que, en tu caso y en el mío, ya sea tarde para probarlo. Sonrió.

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