26 julio 2015

Paris Hilton la rica heredera

Vuelve la "jet set" y Estados Unidos es el epicentro de su resurrección. Jóvenes herederas de imperios económicos como Hilton, Lauder o Hearst han reinventado los mandamientos de esta nueva y desvergonzada clase alta. Para distinguirse hay que comprar lo que los demás no puedan conseguir. Astronómicos 20 centímetros de falda Dolce & Gabbana, zapatos de Blahnik a partir de las 100.000 pesetas, cepillo y pasta de dientes de Gucci...

"Me llamo Paris Hilton. Pa-ris. Sí, Paris, como en Francia. Llevaba un sombrero de Gucci, zapatos de Manolo Blahnik, un vestido de fiesta rosa, un traje de Moschino y los diamantes. Dios mío, ¿qué le voy a decir a mamá?", le grita a un policía a través del teléfono. Miedo y agobio vital en el último Festival de Sundance: atrapada en el minibús que traslada a las celebridades de fiesta en fiesta (pequeño detalle plebeyo), la joven heredera del emporio hotelero más chic del mundo gime desconsolada, teléfono móvil en ristre, porque ha perdido su bolsita de viaje, en la que llevaba unas valiosas joyas. Se la ha dejado olvidada en el parking, encima del capó de un coche (mejor no preguntar por qué o en qué circunstancias). Al final, la chica, 20 añitos, no tiene más remedio que confesar al agente que los diamantes los ha "cogido prestados" a su madre, Kathy Hilton, sin que ella lo sepa.

"¿De cuántos quilates?", debe inquirir el oficial porque, de repente, a la muchacha se la oye explotar: "¿Que cuántos quilates? ¡Y yo qué sé! ¡Un montón!". Pero, un momento, ¿ricas herederas y joyones en Sundance? ¿En el prestigioso festival de cine independiente que orquesta el nada frívolo Robert Redford? Bueno, quizá va siendo hora de reconocerlo: en Sundance, las películas ya son también lo de menos. Ahora todo se reduce a fiestas, muchas fiestas que reseñar en las columnas de cotilleos: la de Mick Jagger, la de Donovan Leitch, esa en la que Paris Hilton volvió a cegar a los invitados con sus diamantes familiares del tamaño de nueces... En realidad, que la meca de los realizadores con pinta de freaks y los actores de look grunge demodé y pose antisistema se haya visto invadida por lo que algunos cronistas ya denominan "the luxury super troopers" (las superbrigadas o, mejor, la supersoldadesca del lujo) resulta esclarecedor. Es la constatación definitiva de un fenómeno que ha conseguido darle la vuelta, otra vez, a la vida social internacional: el retorno de la jet set.

El momento propicio lo puso en bandeja la crujiente coyuntura económica que, hace un par de años y según un artículo publicado en The New York Times, posibilitó que las grandes fortunas americanas se multiplicasen en un tiempo récord. Cerca de ocho millones de estadounidenses ganan actualmente alrededor de 185 millones de pesetas al año, mientras que en 1989 apenas eran dos millones los afortunados que alcanzaban tan emblemática cifra. Con todo, hay otro número aún más revelador, que ofrece la revista Intern Flight Magazine: entre 1998 y 1999 se vendieron 1.200 aviones privados sólo en Estados Unidos. Y ya se sabe cuál es el medio de transporte que sirvió para bautizar a esta tropa...

Si hablamos sobre y ante todo de Estados Unidos es porque allí se localiza el epicentro de este verdadero terremoto existencial. Una sacudida de lujo y glamour el vocablo más hueco de los últimos tiempos que recorre el país de costa a costa, o sea, de Los çngeles a Nueva York en una serie interminable de saraos, provocando determinadas pautas de comportamiento basadas en unas excelsas cuentas corrientes, una vida social desvergonzada y un aluvión de fantásticos mandamientos dictados por la moda. Todo lo cual ha llevado a los cronistas de sociedad a proclamar el advenimiento de una segunda edad de oro de la high class, reflejo modernizado de aquélla que asombró al mundo durante los años 50 y 60.

De hecho, hasta la Costa Azul o los resorts invernales de Gstaad y Aspen vuelven a sonar como destinos de elite; eso sí, donde antes aparecían divinas como C. Z. Guest, Lee Radziwill, la hermana de Jackie Kennedy, o Babe Paley (a las que el escritor y jetsetter en sí mismo Truman Capote apodó The Swans, los cisnes, por su manera de transitar por la vida, sin permitir que nada arrugase sus elegantes plumas), hoy tenemos a chicas más desinhibidas tipo Paris Hilton, capaz de llegar a una fiesta del diseñador Tommy Hilfiger, encerrarse ipso facto en el cuarto de baño con su partenaire para la ocasión, el joven actor Edward Furlong y, tras salir al cabo de un buen rato, subirse a una mesa, quitarse el vestido de Dolce & Gabbana y bailar en bragas ante su afortunado acompañante.

Así pues, adiós a los bailes de debutantes, a las meriendas de media tarde para hablar de última moda, filantropía y causas benéficas. Las nuevas reinas de la alta sociedad no tienen nada que ver con la generación de sus madres, las ociosas ladies who lunch (cuya vida social consistía, básicamente, en quedar a comer) y se posicionan ante el mundo con desparpajo, individualidad y grandes dosis de eso que los anglosajones llaman actitud y que lo mismo sirve para buscar trabajo que para lucir minifaldas de escasos diez centímetros de tela. "El problema es que la mayoría no sabe que, en primer lugar, hay que ser una dama. Es una desgracia ver cómo actúan estas chicas. Si tuvieran el más mínimo respeto por sus familias se preocuparían por mantener limpias sus narices", se quejaba no hace mucho un anónimo jetsetter desde las páginas de la revista Vanity Fair. Y, por supuesto, culpaba de tamaño desastre a los padres de las hermanas Hilton.

Paris, 20 años, y Nicky, 17, son las hijas de Rick Hilton y, por tanto, herederas del imperio hotelero familiar que levantó hace casi un siglo su tatarabuelo, Conrad Hilton (aunque Rick se lo montó por su cuenta y riesgo en 1993 con Hilton & Hyland, una inmobiliaria que el año pasado generó unos beneficios de más de 54.000 millones de pesetas). Su madre, Kathy, acaba de cumplir 40 años, así que se entiende que las niñas la vean más como a una amiga que como a su estricta progenitora. De hecho, hasta se las puede ver juntas en los supersaraos neoyorquinos, compitiendo en brevedad y lujo indumentario, preferiblemente firmado por Dolce & Gabbana, sus couturiers fetiche.

Con semejante perspectiva, Paris se ha metido a modelo (ha desfilado para algunos diseñadores estadounidenses y es una de las actuales imágenes de la firma italiana Iceberg, fotografiada por el enfant terrible de la cámara, David LaChapelle), aunque no ha desistido todavía de su intención de convertirse en actriz. Le conviene no despistarse porque ya tiene a su hermanita Nicky, que ya ha demostrado ser una especialista en enseñar sus sujetadores y tanguitas a la luz de los flashes en las discotecas, pisándole esos talones que calzan Prada, Jimmy Choo o Manolo Blahnik (los famosos manolos, a partir de 100.000 pesetas).

Sin duda, son personajes como las jóvenes Hilton los encargados de reinventar un estilo internacional, un chic mundial, un dolce far niente que alcanzó su máximo esplendor hace casi 40 años entre Ferraris, melodías de Burt Bacharach, estampados Pucci y gigolós italianos. Una alta sociedad privilegiada que podía tomar el desayuno en Roma y la cena en Nueva York, haciendo escala en Acapulco para tostarse un poco al sol. Esta jet-society viajera incansable y siempre impecable, que comenzó moviéndose en trasatlánticos (el Titanic iba plagadito) y trenes de postín (el Orient Express o el Transiberiano), tal y como la concebimos hoy, nace en los 50 con los primeros vuelos comerciales en avión a reacción (de ahí el término jet). 

Pronto, mujeres como Farah Diba, Mona Bismark o Jackie Kennedy aparecerán en las crónicas mundanas fotografiadas en los aeropuertos, sublimes, perfectas, impecablemente peinadas, vestidas y maquilladas (y, por supuesto, acompañadas), dispuestas a descubrir el mundo bajo miles de pretextos: los desfiles de alta costura de París, una exposición en Londres, un estreno cinematográfico en Hollywood... Cada desplazamiento es consecuencia de una vida trepidante y envidiable, tanto, que la mayoría de las muchachas de la época llegarán a la conclusión de que el oficio ideal es el de... ¡Azafata! Cuando, a principios de los 70, la estabilidad mundial se tambalea y algunas casas reales europeas semejan desvanecerse, la jet set zozobra. Contaminada con las teorías revolucionarias y hippies, sus adalides se tornan bohemios y se dispersan (las drogas causan estragos). En la década de los 80 se vulgariza hasta límites infames, con princesas como Estefanía de Mónaco jugando a cantante pop. Y en los 90, como lo ideal era parecerse a un perfecto pobre, simplemente quedó en un concepto. Hasta que el lujo, empujado sobre todo por la industria de la moda, volvió a llamar a la puerta.

Dime qué cosas tienes y te diré a qué status social perteneces. He ahí una de las máximas que ha caracterizado el mundo de los ricos y que es, en el fondo, lo que les hace ricos. Aunque ahora habría que definir primero qué es un artículo de lujo, porque los productos con tal etiqueta han sufrido en 15 o 20 años una verdadera revolución. Hoy el acceso al lujo no se confunde con un grupo social. Sobre todo porque han sido las mismas clases medias las que han contribuido estas últimas décadas a la explosión del lujo popular o luxe populi, como se le ha denominado, merced a las falsificaciones casi exactas de artículos alto standing.

Claro que el lujo puro y duro sigue sin democratizarse; al contrario, se reafirma en su elitismo. Así, mientras la mayoría de los mortales no puede atravesar la puerta de ciertas boutiques sin mostrar una carta de presentación, otros adquieren en pocos segundos objetos valorados en seis ceros con la misma naturalidad con que compran un par de zapatos. Los verdaderos VIP lo tienen claro: quieren, esencialmente, lo que los otros no pueden conseguir. La revista (y órgano oficial de la jet anglosajona) W lo ha predicho en uno de sus artículos: en el siglo XXI, la caza de los objetos, de las experiencias raras, causará furor en casa de aquéllos que no conocerán jamás cuántos ceros circulan en sus cuentas corrientes. Para distinguirse, sólo cuenta lo excepcional. Hay que evitar en todo momento que cualquier party sea inmortalizada por los medios de comunicación o que el jetsetter de turno aparezca fotografiado vestido con cierta marca; de lo contrario, desde ese momento de revelación, la elite se volverá vulgar.

Hoy más que nunca, el verdadero lujo se protege, perpetuando los eternos delirios de grandeza de la jet en una vuelta de tuerca que se aprecia especialmente en el terreno de la moda, plagada de pieles, joyas, brillos y logotipos bien visibles que hacen ostentoso alarde de dinero. Incluso las campañas publicitarias de los grandes couturiers suponen una declaración de principios; hay que ver las de Roberto Cavalli, Valentino o Versace, con esas damas y esos decorados que ni salidos de un capítulo de Dinastía. Aunque no lo parezca, no se trata de que los artículos sean cada vez más insultantemente caros, sino de proporcionar a unos pocos ese ansiado barniz de exclusividad en un momento en que ciertas cadenas de ropa de usar y tirar ponen al alcance de cualquiera los diseños de altos vuelos. El lujo, pues, como venganza.

El asunto alcanza tales proporciones que, a decir de Carolina Herrera, "cuanto más elevado es el precio del artículo, antes se vende". Para comprobar quiénes son los mortales capaces de semejantes desembolsos, sólo hay que pasarse por clubes como Moomba (el nuevo Studio 54), Lotus, Spa, Eugene s o cualquier otro de nombre extravagante que reúna a todo Nueva York. El cogollito lo integran las escandalosas Hilton y su íntima, Casey Johnson, hija del dueño de la New York Jets Robert Wood Johnson. A sus 21 años, Casey se reparte entre su trabajo a tiempo parcial como asesora en una empresa de publicidad, las obras benéficas y el shopping compulsivo por la Quinta Avenida. Menos convencional para su status se muestra Samantha Ronson, 22 abriles, hija de Anne Dexter-Jones, la cronista de estilo y emperatriz de los Hamptons (la zona residencial más exclusiva de la costa este norteamericana), que quiere sacar adelante su grupo de rock, Lil Red, y oficia como disc jockey al lado de su hermano Mark en las after-parties de Manhattan.

Los cronistas tampoco les quitan el ojo a las jóvenes Aerin (30 años) y Jane Lauder, herederas del imperio de belleza de su abuela Estée, valorado en más de 756.000 millones de pesetas; a las hermanas Boardman, Serena y Samantha (29 años), hijas del banquero Dixon Boardman, que se casará este verano con Ariana, hija de Alfonso de Hohenlohe; a Amanda Hearst, de sólo 16 años y heredera de la fortuna mediática de Randolph William Hearst; y a socialites (vividoras, aunque en inglés suena más fino) junior tipo Dayssi Olarte, Sally Tadayon, Cecilia Dean o Rena Sindi, descendiente de la nobleza hashemita y organizadora de las fiestas más exclusivas del Nueva York del último lustro.

Claro que las que realmente se sitúan en la cresta de la ola jetsetter son las tres hermanas Miller, hijas del que fuera dueño y señor del Duty Free Shopping Group, Robert Miller, cuya fortuna ronda 1.000 millones de libras (269.000 millones de pesetas). Para colmo, las tres han hecho matrimonios de campanillas: Pia Gia, la mayor, en 1992, con Christopher Getty, del legendario clan de los petroleros; Marie-Chantal recibe hoy tratamiento de princesa tras desposar a Pablo de Grecia, heredero en el exilio del trono griego, en 1995; y la menor, Alexandra, también va de noble del brazo de su querido, el príncipe Alexander von Furstenberg, hijo de la diseñadora Diane von Furstenberg.

"Encuentro que el glamour es caro", escribió Conrad Hilton fundador del imperio de hoteles que llevan su nombre en su autobiografía, Be My Guest, quizás a propósito de su segunda esposa, la inenarrable actriz de origen húngaro Zsa Zsa Gabor. Ahora podría aplicarle el cuento a sus díscolas tataranietas. Porque sí, de acuerdo en que habrán cambiado los personajes, los lugares, la moda, la sociedad y muchas otras cosas, pero, en cuestión de actitudes, la jet set sigue cortada por el mismo patrón. Por cierto, al final Paris recuperó su bolsita de viaje. Diamantes incluidos.

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