28 marzo 2015

Ornella Muti siempre rodeada de babosos

El hecho de que no haya sido capaz de encontrar ni una sola fotografía de Ornella sin que aparezca rodeada de una orla de lechuguinos al acecho de su belleza hospitalaria no debería ser interpretado como falta de atención. Ellos la rodean, la mecen en sus deseos, la persiguen; ¡vamos!, que no la dejan en paz. 

Me tranquiliza pensar que, al menos en esto, todo el mundo está de acuerdo; con Ornella hay unanimidad, quórum: arrasa. Si ella sola constituyese el gobierno de una nación entera, resultaría muy doloroso formar parte de la oposición, los tránsfugas crecerían como el ladrillo. Desgraciadamente, ella es una actriz no muy buena y una mujer arrebatadora que acrecienta la fe; cualquier clase de fe y en cualquier clase de cosa. También fortalece el espíritu nacional. Tengo entendido que, así como para los americanos la delantera femenina es el match point del atractivo, para los italianos un buen culo no ofrece dudas. Ella lo tiene samovar, plácido, cálido y reparador. 

Por eso, su escote de espalda es, ciertamente, el punto de vista que ningún admirador puede ignorar. El efecto del satén rosa deteniéndose de pronto en el lugar donde la espalda pierde su casto nombre ha llenado las escuelas de cine de aficionados al travelling posterior. La contrapartida de este primer plano tan edificante se encuentra, como quien dice, ahí mismo, al doblar la esquina: una carita consciente de las pasiones que desata, una mirada que te quita el sentido de la propiedad. Este tesoro nacional bruto aparece puntualmente en cada generación de actrices italianas sin que nadie acierte a saber la causa. Tuvimos a Sofia, luego a Claudia, después a Ornella y, ahora, ni me atrevo a imaginar lo que se estará cociendo. 

Hay mujeres a las que nada afea, ni el sobrecogedor color fucsia ni el ganchillo ni la práctica desalmada del tiro a pichón ni un ex marido ni comer irresponsablemente un club sándwich y ponerse perdida delante de la selección de fútbol patria. Mujeres para las que se inventó esa desafortunada galantería de estás más guapa cuando te enfadas, que el resto acogemos con tanta incredulidad como desconsuelo. En su presencia, todo lo demás envejece súbitamente, tan nuevas y lozanas son. No es que la ropa les caiga bien, sino que las prendas, poniéndose en su lugar, encajan como una segunda piel, están diciendo me adhiero. El verde más inexpresivo, en su blusa verde, es de Sérusier. 

El estampado de peces dorados, fatuo y enojoso, completa una colección de pisapapeles de cristal en su pañuelo de Hermès; el azul de la rebeca modesta es el compasivo y modesto mar Mediterráneo. Las joyas ya no son un extravío de la vanidad, sino los símbolos de un poder antiguo. La fe, la gracia, la caridad les asiste, y su moral es de las que no tienen tacha: la costumbre de ser guapa para todos.

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