07 marzo 2015

El padre de Bukowski reniega de él

Si aparece por la puerta Dan Fante, el hijo novelista de John, negaré 100 veces haber sido yo quien ha puesto el nombre de Bukowski a la cabeza de este texto. Dan Fante ha pedido a gritos que se deje de relacionar a su padre con el «mierdoso» de Bukowski. Dan Fante niega que su padre sea el «precursor de una literatura imbécil en la que la decrepitud, el sexo y el alcohol componen un espectáculo gratuito». 

No está agradecido de que Bukowski haya sido, en los 80, el responsable de la puesta en circulación de las obras inéditas de su padre, de su tremendo éxito póstumo. Está harto y niega la mayor, pese a la admiración confesa de Bukowski por su padre, pese a la terquedad de portadistas, reseñistas y críticos que establecen entre los dos escritores una conexión temática y, sobre todo, estilística. Dan Fante rechaza la relación y llega a decir que su padre -gran aficionado, como él mismo, al alcohol- jamás escribió, a diferencia del guarro de Bukowski, una línea después de haber bebido. Pero los especialistas insisten: padre de Bukowski y, ya puestos, padre del realismo sucio, de Raymond Carver y todos esos.

John Fante puede ser todavía un desconocido para muchos, pero, si se llega a leer una sola de sus obras, es imposible olvidarlo y no seguir con todas las demás. Lo esencial de la obra de John Fante se concentra en dos grupos de novelas de fortísimo y esencial contenido autobiográfico. Una tetralogía en torno al personaje de Arturo Bandini compuesta por Espera a la primavera, Bandini, Pregúntale al polvo, La ruta de Los Ángeles y Sueñosde Bunker Hill. Y tres libros sobre el escritor y guionista Henry J. Molise y su desestructurada familia: Un año pésimo, La hermandad de la uva y Mi perro Idiota, que ahora publica Anagrama -la editorial que ha dado a conocer a Fante en España-, junto al cuento La orgía, en el volumen titulado Al oeste de Roma.

Espera a la primavera, Bandini fue llevada al cine en 1989 por el interesante director belga Dominique Deruddere. La vi en su día, en una inolvidable velada, en los cines Duplex de Madrid. Con Joe Mantenga y Ornella Muti. Con música de Angelo Badalamenti. Me gustó. De Pregúntale al polvo se estrenó el año pasado una adaptación de Robert Towne -el guionista de Chinatown-, con Colin Farell y Salma Hayek, que, como la otra, no gustó a la crítica. Se trata de dos de los escasos libros que John Fante vio publicados en vida. El balance cinematográfico de su obra es, pues, pobre en resultados. Doblemente pobre si se tienen en cuenta dos cosas: que John Fante se dedicó durante más de 30 años a escribir guiones para Hollywood y que sus novelas (aunque no todas) piden a gritos una película. Con Mi perro Idiota se podría hacer ahora mismo una película estupenda si no fuera cierto lo que escribió William Faulkner: «Hollywood es una industria de cretinos que produce obras cretinas para un público cretino». Faulkner exageraba un poco.

John Fante fue uno de los primeros grandes novelistas que retrató -desde el paisaje de California y de su Colorado natal- la crisis del sueño americano, los problemas de la clase obrera, de la emigración, de la identidad y del pudrimiento de la estructura familiar. Hablaba de algo que la gente no quería oír. Y, para colmo, lo hacía con ferocidad y con humor negro, aunque siempre con una ternura que se colaba por las rendijas un cuadro básicamente esperpéntico y atroz. En Mi perro Idiota dice una cosa muy bonita (dice muchas cosas muy bonitas): «Para escribir se ha de amar y para amar se ha de comprender». Sus personajes tienden a sufrir mucho -Fante, gran novelista del dolor- porque quieren amar (y, de hecho, aman aunque no lo parezca), pero no se comprenden y, por ello, se diría que se odian (aunque se odian menos de lo que dicen odiarse).

Nacido en 1909, hijo de inmigrantes obreros italianos, educado por su piadosa madre en un catolicismo estricto, John Fante conoció de niño la pobreza, aunque logró pasar fugazmente por la universidad antes de instalarse definitivamente en Los Ángeles. En las breves páginas de La orgía se concentra la esencia de su experiencia infantil: padre obrero, borracho, pendenciero, mujeriego y buena persona, y madre amorosa, beata y sufridora. También está la corrosiva brutalidad y ausencia de contemplaciones que separa a Fante -a la hora de reflejar el ambiente proletario- de respetuosos realistas sociales como Steinbeck y Faulkner.

En Mi perro Idiota, a través de Molise y su no menos descerebrada familia, está el Fante escritor y guionista, el adulto que vive en una estupenda casa junto a la playa, que ama a los perros bobos y maricones y está hasta el gorro de su mujer y de sus hijos, a los que, a su modo, también ama, aunque -según dice- preferiría cambiarlos a todos por un Porsche nuevo e irse a Roma (a sus orígenes) a hacer el zángano y pasarlo bien.

Fante ganó mucha pasta y vivió muy bien con los guiones. Otra cosa es que, en vida, no obtuviera el reconocimiento que buscaba con sus novelas. A todo el mundo le da por decir que las películas que se hicieron con sus guiones fueron todas una porquería, pero eso no es exacto. John Garfield protagonizó East of the River (1940); William A. Wellman dirigió a Shelley Winters en My Man and I (1952); Richard Quine, a Judy Holliday en Full of Life (1957); George Sidney, a Kim Novak en Jeanne Eagles (1957) y, en fin, Jane Fonda debutó en La gata negra (1961), de Edward Dmytrick. Por lo menos, algunos guiones de Fante -que dialogaba de maravilla- no estuvieron en manos de cualquiera.

Hay un documental sobre la vida de Fante y una biografía de Stephen Cooper. Ya metida en harina, Anagrama debería obsequiarnos con la correspondencia entre Fante y el editor H.L. Mencken. Se pasaron 22 años escribiéndose y nunca llegaron a conocerse. Dan, el hijo escritor, dice que es el tercer mejor libro de su padre, después de La ruta de Los Ángeles y Mi perro Idiota, del que nunca olvidaré dos episodios: el rifirrafe entre el perro (otro) Rocco y la ballena varada, seguido del asesinato del chucho, y los amores del perro Idiota con la cerda Mary.

John Fante murió en 1983. Ciego y con las dos piernas amputadas por una diabetes, dictó su último libro a su esposa Joyce, que debía de ser muy parecida a la Harriet que hace llorar a Molise en el libro que nos ocupa.

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