28 febrero 2015

La religión es un desvarío

Leyendo un número reciente del espléndido Magazine Littéraire dedicado al epicureísmo nos reafirmábamos, como cada vez que el tema sale a relucir, en la permanente vigencia de ese atractivo ideal helénico de la vida buena (da un poco de reparo emplear la fórmula, archisobada por el peor de los academicismos, el anglosajón). 

Un proyecto de sabia armonía consigo mismo, con el mundo y con nuestros semejantes tan sensato, tan razonable y tan humildemente ajustado a lo real. Su ignorancia de todo lo que sea pathos lo convierte en la vacuna específica contra los desvaríos por ejemplo de la religión. 

No se equivocaba el cristianismo naciente al combatirlo con la mayor virulencia («puercos de la piara de Epicuro»). Una complicidad hermana a los fanáticos de distinto pelaje mientras se descuartizan entre sí, por inconciliables que gusten de presentarse. Saben que sólo la sonrisa, y no la cólera, amenaza de verdad sus quimeras y temen la distancia irónica del escéptico más que el cosechero un nublado.

Mártir es aquella persona que muere o padece sufrimientos en defensa de sus creencias; especialmente si éstas son religiosas, añade el diccionario. Muerte o sufrimientos asumidos por lo común sobre la marcha, más que deliberadamente buscados. El martirio podría encarnar así, en principio, la dignidad extrema frente a lo inevitable. 

Una vuelta de tuerca adicional y llegamos hasta la joven kamikaze palestina (el adjetivo divino va por cierto en el origen del vocablo nipón) que el otro día se inmolaba feliz en todas las primeras planas mundiales. Moría matando. Pasemos por alto esta vez lo de matar, cuya legitimidad avala a diario la moral de las máximas autoridades del planeta, en la práctica e incluso en la teoría. Un acto condicionado además, sin duda, por las circunstancias de una opresión insostenible; el único reproche sería su vulgaridad. 

Elegir matarse me parece lo preocupante.Y elegirlo con tanta satisfacción hace a la interesada merecedora desde luego de su muerte. Por imbécil. «Dies illa, dies irae: el que es tonto, que espabile», repetíamos en mi infancia. Vivir la vida es lo difícil. Vivirla sin vendas en los ojos. Si ya es triste perder la cabeza como para creer pertenecer a un Pueblo, el colmo de la alienación se consuma cuando el sometimiento a la entelequia incluye la dicha del autosacrificio.

Mártires voluntarios. ¿Tendrán por siempre jamás el desprecio que merecen? Epicuro y el arriba firmante escupimos sobre sus tumbas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario