15 febrero 2013

Alemania siempre grande


En la fiesta de la Embajada alemana, el otro día, no había izquierda/izquierda (por los periódicos mayormente, y entre tres mil personas). Esto ya es una pequeña anécdota local que ilustra la categoría histórica de cómo se ha hecho la reunificación/anexión, y de quiénes la han hecho: el dinero y el ejército. Hay quien cree que en Alemania hasta los revisores de tren (cualquiera con gorra de plato) son como un pequeño Hitler. Es gente boba, gente irremediable o gente que no ha estado nunca en Alemania. La reserva mental de los más auspiciadores respecto de esta reunificación no se refiere expresamente a Alemania, sino a cualquier nación que se levante de pronto con el mayor poderío militar del planeta. El que esa nación vuelva a ser Alemania, hombre, no es sino azar de la Historia.

Pero el azar es lo que requiere explicación, que los silogismos se explican solos. Felipe González, llevado de ese fondo de buena voluntad en el que tanto hemos insistido siempre, ha cometido tal que ayer la ingenuidad de explicarlo. Viene a decir nuestro primer ministro que Alemania, efectivamente, ha patrocinado las dos grandes catástrofes del siglo, pero que de otros Estados se puede decir lo mismo a lo largo de la Historia, o sea que pasa en las mejores familias. La ingenuidad de González está en no saber que la mejor disculpa de ciertas cosas está en no disculparlas. La más piadosa disculpa es el silencio, esa forma elegante y falaz del olvido. Convenido que Alemania no es un país ni más ni menos belicoso que cualquier otro, vengamos a las cláusulas del recelo, que es universal y con matices: mejor que la reunificación, se ha optado por una anexión.

Esta anexión la hace la derecha en el poder y, finalmente, como ya se ha dicho aquí, convierte a un país que sigue siendo híbrido en la primera potencia mundial. Porque bajo el optimismo adorable de Marlene Dietrich y la alegre capitalidad de aquel Berlín alto de hombros que conocimos, la hibridación y el machihembrado siguen latentes en el nuevo país gloriosamente muñido. Así como siempre hemos sostenido que la guerra de Secesión no terminó nunca y que Estados Unidos sigue siendo dos países (y España muchos más de dos), opinamos ahora que con la reunificación de Alemania no se ha reunificado nada.

Nada históricamente, pues que el mapa de Alemania siempre ha sido movible y variable. Y nada socialmente, pues que, después de casi medio siglo de Muro, aquí sí que cabe hablar de «dos culturas», y no en la Comunidad de Madrid. Las reunificaciones se hacen por decreto, pero sólo las consolida (o no) el tiempo. La vieja dama, Marlene, lo ha dicho: «No se es del mismo país por hablar el mismo idioma, sino por tener las mismas ideas». O sea la misma cultura, y eso no se da hoy en Alemania. Quedaba mucho socialismo en el Este. Entre el optimismo lúcido de la Dietrich y los conatos nazis de estos días, las Alemanias son plurales, como puede verse en cualquier viaje por el Danubio. Alemania es hoy una pluralidad armada hasta los dientes. De reunificación, poco.

Esta pluralidad innegociable y contradictoria es lo que inquieta a Mitterrand en su grandeur, a la Thatcher, señorita del mar, a los Estados Unidos, que, como me recuerda Emilio Romero, «siempre han intervenido en Europa proque se les ha llamado». Lo dijo Hitler, que aparte de cómico era un humorista fino: «Franco está en la Historia como Pilatos en el Credo, por casualidad». Alemania está reunificada por casualidad (nadie contaba con la perestroika), no por lenta maduración del proceso. Lo que tiene en una llaga a los líderes mundiales, mientras brindan, es que Alemania, hoy, es una grandiosa improvisación.

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